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Noticias - Noticias Web - 24/07/2018

CRÍTICA DE LIBROS: Una cierta decepción - Los treinta apellidos, de Benjamín Prado

iMG

SINOPSIS de la Editorial: ¿Llevar un apellido ilustre te obliga a defenderlo por encima, incluso, de tus ideas? Juan Urbano, profesor de literatura, escritor por encargo y detective ocasional, protagonista también de las novelas Mala gente que camina, Operación Gladio y Ajuste de cuentas, es contratado inesperadamente por un hombre perteneciente a una familia dedicada durante generaciones a los negocios (no siempre limpios ni confesables, y en cierta época no solo de bienes sino también de personas) para localizar a los descendientes de una hija secreta de su bisabuelo. En su investigación, Urbano debe sortear la resistencia de los otros miembros del clan, que no están dispuestos a compartir su imperio con una nueva heredera. Este es el comienzo de una oscura trama que se desplaza de España a Cuba y de ahí a África, y descubre al lector cómo se crearon algunas de las grandes fortunas en España, de dónde procede el dinero que las hizo tan poderosas y qué intentan esconder sus miembros para preservar sus intereses.

Sí. En efecto, una trama oscura que ha urdido Benjamín Prado para endilgarnos esta larga novela (375 páginas en el formato grande de Alfaguara), que más bien asemeja una retahíla de refranes y citas, propias y ajenas. Porque si el autor quería justificar que el protagonista era de verdad un profesor de literatura, se ha excedido.

La crítica prometía: “es una novela trepidante, que envuelve hasta la última página. Un estilo moderno, ágil, flexible, suelto, que despliega singulares hallazgos expresivos”.

No se lo crean. No es verdad ni de lejos. Me resisto a pensar que esos críticos hayan leído algo más que la portada y sobrecubiertas. Es decepcionante.

Desde luego Benjamín Prado se ha documentado sobre piratas, esclavos, datos históricos y literatura. Y todos estos conocimientos nos los va a ir metiendo con calzador a lo largo de las 375 páginas sin que, la mayoría, estén insertados en la trama.

Continuamente, el autor nos va enumerando anécdotas y frases de Góngora, Kipling, Jorge Manrique, Cervantes, Conrad, Dostoievski, Lope de Vega, Balzac, Julio Verne, Calderón (ponga usted el autor que quiera, porque seguro que también lo cita el amigo Prado) ... Y esta mala práctica de digresión la emplea constantemente, sin venir a cuento en el relato, consiguiendo que a la novela le falte ritmo y no avance con fluidez.

Los diálogos resultan postizos; no son creíbles, son relamidos.

La gente no habla así, señor Prado.

Estos defectos que voy apuntando no son los únicos del libro. Hay más: las descripciones sobre las vestimentas de los personajes, por ejemplo, llegan a resultar extravagantes por ir acompañadas de su constante erudición empalagosa; como de repelente niño Vicente ofuscado en mostrarnos lo culto que es. Así (pongo por caso), nos detalla que cierto fulano “lleva puesta una chaqueta marrón-Sáhara con dibujo houndstoch y estampado príncipe de Gales, combinada con unos pantalones a juego, aunque con dos tonos más oscuros y una corbata verde botella” …

Su caprichosa tendencia a caminar por vericuetos es ridícula: En un momento en el que el protagonista se ve atacado por un gigantón, el autor Benjamín Prado necesita soltarnos que “en un supuesto ensayo de Nicolás Guillem” … (¡Es inaudito! Pero hombre ¿Cómo se le ocurre colocarnos esa cita cuando el grandote está a punto de hacer papilla a Juan Urbano?). O, en plena discusión entre dos personajes, sacar a relucir un poema de José María Heredia… Resulta cargante.

No suavizo la dureza de mis reproches. Porque, honestamente hablando, la erudición del autor y sus incurables peroratas y refranes resultan un lastre imposible de superar: nos dice que el protagonista ha aprendido algunas frases en idioma suajili (y nos las enumera, aunque maldita importancia tenga este detalle, que para nada atañe al devenir de la trama). El defecto resulta más difícil de digerir precisamente porque todas las rupturas del hilo del discurso no afectan ni interesan nada; están de más, resultan inútiles en la trama.

El libro es innecesariamente extenso; le sobran más de la mitad de páginas. Aburre.

En todos sus devaneos por Cuba, África, Galicia y Cataluña nos van narrando inocentes pasatiempos, por la sola razón de que “el Pisuerga pasa por Valladolid”. Sin reparo alguno, se lanza a fondo a relatar las correrías del pirata Maristany o las de Livingstone y Stanley; o hazañas de dioses mitológicos, sin venir a cuento…

 

Benjamín Prado es persona que cultiva poesía, ensayo, novela, tertulias y hasta ha escrito letras de algunas canciones de Joaquín Sabina. Un tipo que cae bien y a quien fácilmente podemos tenerle simpatía. Esta vez ha procurado novelar cómo se han hecho grandes fortunas de nuestro país. Se ha documentado a fondo y ha intentado plasmarlo. No ha dado en el blanco.

Les advierto para que ustedes no pierdan el tiempo leyendo Los treinta apellidos. Prácticamente, lo mejor de todo se puede condensar en un par de frases:

Su aspecto era el de una de esas personas que no tienen un pasado sino antecedentes, ni una historia sino historial. “El dinero, la política y la aristocracia; Padre, Hijo y Espíritu Santo del poder”.

Y la conclusión: “España es de treinta familias, como mucho. Pero podría ser peor. Otros países son de diez.”

                                                   Agustín Santos


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